sábado, 20 de marzo de 2010



Venía lo más bien y me morí. Yo tenía pensado irme al cielo, pero me tocó vagar como un alma en pena. Realmente una pena. Desde mi vagancia, yo podía ver las almas que habían llegado al cielo. Todas espatarradas sobre sillones de nubes, fumando habanos de nubes, con chicas de humo. En cambio, a mí me había tocado el nomadismo y no cualquier nomadismo, se trataba de un nomadismo triste, penando por todos los rincones del planeta entre lágrimas y suplicios. No sé si a ustedes que son tan vivos les pasó alguna vez, pero el dolor de alma es de lo peor que hay y no hay analgésico posible. Un día que vagaba por Belgrado me encontré con otra alma en pena y le pregunté cuanto tiempo debíamos andar llorando en los entresijos de la realidad y me dijo: hasta que se pase el efecto. ¿Qué efecto? Pregunté con mucho tino. El efecto de todas las aspirinas que te tomaste, de todos los dolores que callaste. Si en vida tu cuerpo no atravesó el dolor, te toca hacerlo ahora con el alma. La pena, el dolor y el sufrimiento, también son parte de la vida.




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