domingo, 8 de noviembre de 2009


Suena el celular. Y, como siempre, está en el quilombo del bolso. Te desesperás. Vas sacando en el medio de la avenida las cosas que llevas “por las dudas si…” y que nunca usas. Tus amigas te miran como si estuvieras loca (un poco de razón tienen). Encontrás el celular. Un nuevo mensaje. Abrís el celular y, mientras tanto, el corazón no encuentra lugar entre las costillas. Leés el mensaje. Decepción total: ¿dónde estás? Mamá. Le contestas con la peor onda del mundo (como si ella tuviera la culpa, pobre).

Llegas a la casa de tu amiga, dejas el celular en la campera porque total “¿para qué lo voy a tener encima?”. Cuando te acordás de la existencia de tu celular (que es algo así como el amor de tu vida) las dejas pagando y vas corriendo a agarrarlo. Dos mensajes nuevos. El corazón a mil de nuevo, pero vos ya sabes que, seguramente, es el 1611 o tu mamá. No, no era ni tu mamá ni Movistar.

Leés el mensaje. No sabes si matarlo o si ponerte feliz porque “por lo menos me mandó un mensaje, se acordó de que existo”. Si elegiste matarlo sos completamente anormal, ninguna –reitero, ninguna- elige eso. Si elegiste ponerte feliz sos una masoquista.

Les contás a tus amigas que, como buenas amigas que son, se saben vida y obra de él y en su interior, lo deben odiar con toda su alma. Te miran como si estuvieras loca y te dicen “¿otra vez lo mismo? Ai, no aprendés más” Vos ya sabes que no aprendés más, pero no te importa nada. Releés el mensaje tantas veces que te lo terminás aprendiendo de memoria. Escribís la respuesta. Borras la respuesta. Escribís la respuesta. Te haces la mala y decís que no le pensas responder. Escribís una respuesta completamente cortada. Lo pensás de nuevo. Modificás la respuesta. Enviar. Uh, no tendrías que haberle mandado eso. No, obvio que no. Siempre lo que mandás es para cagada y la mejor era la otra opción.

Pero la historia no termina ahí porque como una pelotuda te quedás con el celular en la mano, pensando que te va a respondar rápido. Pasan diez minutos y vos todavía tenés el celular en la mano. Sin contar, obvio, que durante esos diez minutos leíste tu respuesta unas cinco mil veces y la modificaste otras mil veces más en tu cabeza. Pero ya está, el mensaje es ese y ya lo mandaste y no te responde.

Finalmente te metés en la conversación de tus amigas que hacías que escuchabas. Mirás el celular. No suena. Te haces la superada, lo dejás arriba de la mesa y te vas para otro lado. Lo escuchás vibrar contra el vidrio (sí, a tu celular lo escuchás por más que esté la música a todo volumen, te estés secando el pelo, o te estés bañando). Mirás a tus amigas como esperando que alguna diga algo. Cinco segundos y todas abalanzadas arriba del celular. Vos, con el celular en la mano temblás como si estuvieras en el Polo Norte con Papá Noél al lado. Tus amigas te miran, ellas también están ansiosas. Te sacan el celular de la mano y leen ellas primero el mensaje. Lo leen y se miran. No entendés qué cara están poniendo (generalmente entendés todo pero cuando de él se trata, cagaste). Les sacas el celular. Leés el mensaje y te pones de todos los colores. No sabes si la respuesta fue buena o mala. Nunca se sabe nada con él. Pero hubo respuesta, y eso es lo importante ahora. La respuesta


Cualquiera que me conoce sabe que tengo una estabilidad emocional muy baja. Primero te digo que sí, después te digo que no y termino no sabiendo si quiero o no quiero. Un día te quiero, el otro te odio y me terminás importando poco y nada. Cuando te tengo, no te quiero; cuando te quiero, no te tengo; cuando te veo con alguien, te quiero; cuando estás sólo para mí, no te quiero.
Sí, así soy yo: una histérica, manipuladora, obsesiva. Por lo menos yo lo admito. Yo sé que lo soy e intento cambiarlo. No logré hacerlo todavía, pero lo intento. Sé que si sigo intentando voy a poder cambiar.
Cambiar porque alguien me lo pide nunca fue mi fuerte. Es más fácil dejar de juntarme con el alguien que cambiar. Es decir, es más fácil cambiar a la persona que me lo pide a cambiarme. Y es por eso que muchas de las personas que antes estaban en mi vida, ahora no están.
No, no quiero cambiar. Sigo pensando que cambiarme es traicionar lo que soy, lo que fui. Pero tampoco quiero seguir perdiendo. Entonces, prefiero cambiar a perder. Aunque cambiar puede ser una pérdida también

Si alguien me pregunta si me arrepiento de algo que hice tendría que decir que no. Me arrepiento sí, de muchas cosas: cosas que no hice.
Me arrepiento de haber pensado en el después y no en lo que estaba pasando.
Me arrepiento de no haber tomado algunas decisiones que tendría que haber tomado.
Me arrepiento de haber elegido lo que elegí y no poder volver atrás.
Me arrepiento de repetir, constantemente, que las cosas así no van y dejar que sigan yendo.
Me arrepiento de no haber pedido perdón, por más que yo no haya hecho nada, para ponerle fin a una discusión estúpida.
Me arrepiento de no haber dicho (ni demostrado) todo lo que sentía.
Me arrepiento de haber hablado de más y en momentos callado demasiado.
Me arrepiento de no haber escuchado sus ideas.
Me arrepiento de no haber tomado en cuenta algunos consejos.
Me arrepiento de muchas cosas, pero de lo que más me arrepiento es de arrepentirme por algo que no se puede cambiar.




Su aspecto físico no es muy pretencioso: ni muy bajo ni muy alto, ni muy gordo ni muy flaco, morocho, cualquier color de ojos mientras tenga la mirada fuerte, ni musculoso ni dejado, que se sepa vestir para cualquier ocasión.

Su personalidad tampoco es complicada: que no me cele pero que sea celoso, que me quiera pero que no me lo demuestre (o no mucho ni delante de alguien), que no dependa de mi, que me trate mal cuando me lo merezco y cuando no que no me agobie, que se enoje cuando me mando cagadas, que me perdone cuando las intento solucionar, que no me pida que lo quiera, que me deje quererlo a mi manera, que no piense que si estoy con otro es porque no lo quiero, que no me diga que no cuando es sí ni viceversa, que hable mucho aunque sean pavadas, que no hable cuando no hace falta, que me histeriquee pero que no me boludee, que no sea muy dulce ni muy frío, que no sea romántico ni que deje todo a último momento, que se acuerde las fechas de todo, que me cuente lo que hace cuando no está conmigo pero que cierre la boca cuando me empieza a molestar, que no me diga “lo que hacía…” que haga, que no odie a mis amigos, que entienda que son dos cosas distintas, que me haga cosquillas cuando estoy por llorar, que no pretenda que le cuente todo, que me abrace cuando peleamos, que se haga el ofendido, que se ría mucho, que me diga Yasmin no mi vida, que cuente hasta mil antes de mandarme a la mierda, que sepa que yo no sé contar ni hasta dos, que no borre los mensajes del celular, que confíe en mi, que no quiera revisarme todo, que no cuente todo, que sea feliz conmigo, que me haga feliz.

Otros rasgos muy importantes: que le guste el fútbol (si no juega que mire o que entienda algo), que le gusten los autos y la velocidad, que no viva por una play, que duerma la siesta, que le guste la Coca-Cola, que odie que le cambie el nombre, que tenga en claro lo que quiere, que me rasque el cuello, que me toque el pelo, que no tenga horarios complicados, que salga con amigos, que no me joda cuando salgo con los míos, que me diga lo que piensa aunque sea malo, que me baje a la tierra y que vuele conmigo, que no dude, que no finja…

QUE SEA TAL Y COMO ES.

Tengo la cabeza tan revuelta que no entiendo lo que dicen si me hablan de amor. Sigo controlado totalmente por mi estado, muero en dias, de noche soy yo. Sin poder decirte que: no sé muy bien qué siento lo que pasa es que no puedo despertarme de esta situación. Vivo al otro lado, de los sueños ni me entero. Solo quiero encontrarme con vos y poder decirte que: te extraño tanto. Y que viva siempre nuestro tiempo, días. Perdí mi risa en algún lado. Salgo a despertar lo que me queda (era). Yo ya me fui a otro lugar. Ya perdí los sueños. Lo que me mató es no vernos. Tanta gente me dice quién sos y no tengo ganas de tirarme en una cama y de pasar otro invierno sin vos. Sin poder decirte que: te extraño tanto. Y que viva siempre nuestro tiempo, días. Perdí mi risa en algún lado. Salgo a emborrachar lo que me queda (era). Yo ya me fui a otro lugar. ¡Yo ya me fui de tu lugar!

No me importa quién secó tus lágrimas cuando no parabas de llorar, a quién amaste de verdad y a quién no, cuántas veces te enamoraste, por qué persona dabas todo y te falló, en qué lugar realizaste tus estudios, la economía de tus padres, la casa de tus abuelos, tus mejores vacaciones. No me interesa en lo mas mínimo saber cuantos libros leíste, cuándo aprendiste a manejar, quiénes nunca se olvidan de tu cumpleaños y quiénes sí. Tampoco me atrae saber de tus mujeres, cuántas, dónde, quiénes. No me preocupa ser la primera, es más prefiero no ser tu primera, sólo con poder ser mejor en algunos aspectos a algunas de ellas me basta; no me importa a cuántas les prometiste cuidarlas, quién te beso y cuándo por primera vez, quién te hechizo, te lastimó y luego dejó, a quién no olvidarías y por qué, cuánto hace que no la ves a la que te hizo conocer el verdadero amor. Y para que sepas no siento la necesidad de ser lo que soñaste, no quiero ser esa que siempre buscaste a la que le decís pocas palabras sutiles y ya la convences. Quiero ser la chica difícil de la que sin darte cuenta te enamoró, la que nunca hubieras mirado más que como amiga y ahora la tenés en frente tuyo y no sabes cómo reaccionar. Quiero ser por la que te ingenias en conquistar sin usar los métodos que ya sabes que funcionan para las demás. Quiero aprenderte, conocerte, desearte, buscarte, tenerte, sentirte, gustarte, quererte, soñarte, llamarte, besarte, olerte, acariciarte, dejarte, amarte y demás. Quiero y no quiero, en verdad no te quiero simple ni vagabundo. No te quiero así como sos, solo te amo y no me importa nada de lo antes ya mencionado.

Odiamos que sean histéricos, pendejos, indecisos, que nos dejen plantada, que nos mientan, que se duerman en una película, que sean muy románticos que sean poco románticos, que sean aburridos, que sean divertidos, que se rían que no, que te miren, que no te miren y no te digan nada sobre lo que tenés puesto, que no se acuerden de las fechas de aniversario, cumpleaños.
Pero si nos ponemos a pensar en todo eso, si ellos no fueran así de complicados no tendriamos que esforzarnos en vernos bien para que lo noten, en enojarnos para que nos pidan perdón, en histeriquiarles mas que ellos para que así se den cuenta de que estamos interesadas, si ellos fueran todo lo contrario a eso ya no serian lindos, inmaduros, sino serian maduros y lo de lindo hasta ahí por que no tenemos que provocar, estarían muy fácil de conquistar y no nos tendríamos que esforzar para que nos quieran que nos histeriqueen.
El hombre perfecto es aquel que te hace luchar por él, que espera que no solo él se esfuerce por estar con vos , y que vos te quedes sentada

Tú me dices, yo te digo: y así empieza nuestra guerra cotidiana. Yo me armo de adjetivos, tú conjugas el peor de mis pasados. Y te apunto donde duele y te acuerdo el peor de tus pecados. Tú reviras la ofensiva y disparas donde sabes que haces daño. Y en el campo de batalla quedan muertos los minutos que perdemos. Tú me dices, yo te digo: y así acaba nuestra guerra cotidiana. Esta guerra sin cuartel que nadie gana. Porque hablamos y no usamos ese tiempo en darnos besos, en pintarnos con las manos las caricias que queremos y que no nos damos. Porque siempre hablamos de lo tuyo y de lo mío, del pasado y los culpables. Mientras muere otro minuto porque hablamos. Ya te dije que no es cierto, ya dijiste que tú no eres. Lo que digo nadie cree, nadie acepta: cada quien defiende su utopía. Y el fantasma de la duda se abre paso en la frontera del futuro y el presente moribundo se consuela con lo poco que nos queda. Y te quiero y me quieres, pero somos más idiotas que sensatos. Y aparece otro día y nos van quedando llagas incurables de esta maldita enfermedad de hablar de más. Porque hablamos y no usamos ese tiempo en darnos besos, en pintarnos con las manos las caricias que queremos y que no nos damos. Porque siempre hablamos de lo tuyo y de lo mío, del pasado y los culpables. Mientras muere otro minuto porque hablamos.